Manifesto of a Passionate Moderate, de Susan Haack

Un gran crucigrama

María José Frápolli
Manifesto of a Passionate Moderate, de Susan Haack
The University of Chicago Press, 1998, 223 pp.
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El libro que a continuación comentamos es el quinto de su autora, Susan Haack, que en la actualidad es Professor de Filosofía en la Universidad de Miami. Tres de sus obras anteriores — Deviant Logic, Philosophy of Logics y Evidence and lnquiry — han sido traducidas al castellano y publicadas, respectivamente, por las editoriales Paraninfo, Cátedra y Tecnos, y la quinta, objeto del presente comentario, fue propuesta hace un par de años para su publicación a una editorial española y rechazada. Ahora se publica en inglés con una favorable acogida.

Manifesto of a Passionate Moderate es una colección de once artículos, todos publicados con anterioridad, sobre temas diversos, con un tinte más de divulgación seria que de investigación filosófica del estilo de sus anteriores trabajos. Este sesgo divulgativo tiene la ventaja de que las discusiones que se incluyen van dirigidas a un público más amplio y podrán gozar de una mayor influencia.

Algunos de los temas recurrentes a lo largo del libro son ya viejos puntos fijos de las discusiones filosóficas de la autora:

  1. las diferencias epistemológicas y éticas entre el pragmatismo clásico, iniciado por Peirce, Dewey y James, y el sedicente pragmatismo contemporáneo americano — al que ella llama el "Nuevo Cinismo" — liderado por Rorty,
  2. las disputas entre las discusiones filosóficas propias de la epistemología clásica y el nuevo ciencismo abanderado por algunos cultivadores de la neurociencia, como los Churchland, Heal o Stich,
  3. las diferentes concepciones de las relaciones entre ciencia, filosofía y literatura, que basculan entre el Viejo Deferencialismo, que considera a la ciencia como el modelo de toda discusión racional, hipertrofiando sus aspectos más objetivables y dejando en penumbra sus aspectos sociológicos, y el Nuevo Cinismo, que hace de la filosofía un tipo de literatura y del conocimiento científico un tipo de propaganda,
  4. el análisis de la noción de evidencia científica, ilustrada por la autora mediante la metáfora del crucigrama, como un punto de equilibrio entre la importancia que algunas epistemologías de corte fundamentista conceden a la experiencia empírica y el papel que las epistemologías coherentistas atribuyen al resto de nuestras creencias,
  5. el rechazo de las peculiaridades epistemológicas de grupos humanos: no hay una epistemología feminista, ni una epistemología negra, ni del Partido Demócrata; las mujeres no tienen capacidades especiales para el conocimiento, distintas de las de los varones, ni la epistemología tiene que abandonar sus supuestos valores masculinos para abrazar una perspectiva femenina, y lo mismo cabe decir de otros grupos humanos, tradicionalmente poco presentes en las discusiones científicas,
  6. el análisis de las nociones de relativismo y de multiculturalismo, distinguiendo diversas interpretaciones, más o menos asumibles, de ambos conceptos y mostrando que la adhesión acrítica al relativismo, o al multiculturalismo, o al etnocentrismo, o a lo que en cada caso se trate, suele dar como resultado más una macedonia filosófico-sociológica que una posición con postulados nítidos, y
  7. la defensa de la honesta búsqueda de la verdad, definitoria de la investigación genuina, en contraste con el razonamiento fraudulento (sham reasoning) más propio de la teología que de la filosofía o la ciencia y con el razonamiento frívolo (fake reasoning) más propio de los nuevos cínicos, interesados en defender mentiras espectaculares mejor que sobrias verdades.

El centro temático de Manifesto está compuesto, como no podía ser de otra manera dados los intereses filosóficos de Haack, por cuestiones epistemológicas. No obstante, hay así mismo detalladas consideraciones acerca de cuestiones políticas, específicamente de política universitaria, que merecen un comentario. En el artículo décimo, titulado "The best man for the job may be a woman... and other alien thoughts on affirmative action in the academy", Haack sopesa la conveniencia de inclinarse o no hacia una discriminación positiva a favor de las mujeres a la hora de concederles un puesto de trabajo en la Universidad. Ella acepta que, en muchos casos, la carrera universitaria es más difícil y exige un precio más alto para las mujeres que para los hombres. Y esto ocurre tanto por la tradición de la Universidad y los prejuicios sexistas dentro de ella, como por la presión social externa, que favorece que las mujeres desatiendan sus carreras en aras de la armonía familiar. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento, Haack defiende que lo más razonable y, a la larga, lo mejor es que se elijan a los candidatos por sus méritos objetivos. Optar por las mujeres cuando no sean los candidatos más cualificados perpetuará el paternalismo y contribuirá al resentimiento entre los varones afectados. Otro ejemplo de este tipo de cuestiones lo constituye el capítulo decimoprimero, titulado "Preposterism and Its Consequences". El asunto a debate es aquí la exigencia universitaria contemporánea de producir para sobrevivir, la preeminencia a veces de la cantidad sobre la seriedad, y el diseño del trabajo universitario por analogía con una cadena de montaje. Esto se agrava si la producción tiene hacerse dentro de las líneas prioritarias de investigación, esto es, si hay una presión para investigar acerca de los temas financiados. Haack pone en duda la extendida tesis de que la cantidad de la investigación provocará calidad y señala que este defecto es especialmente desastroso en Humanidades y, en particular, en Filosofía. Un efecto asociado a la necesidad de publicar a destajo es la desatención de la actividad docente, a veces por simple falta de tiempo de quien tiene que escribir para mantenerse a flote, a veces por la caída del prestigio de este tipo de actividad. En estos temas de política universitaria, los comentarios de Haack son un remanso de sensatez.

Las ideas epistemológicas de la autora de Manifesto son ya de sobra conocidas. Pueden resumirse muy sumariamente en lo siguiente: la justificación es una relación, al menos, triádica, que debe reservar un lugar para el sujeto portador de las creencias que se justifican, un lugar para el soporte evidencial que proporciona la experiencia y un lugar para el apoyo mutuo de unas creencias con otras. La imagen de la justificación la ofrece la prometedora metáfora del conocimiento como un gran crucigrama, que tratan de completar muchos jugadores a la vez y en el que el juicio sobre la corrección de la solución a una entrada tiene que tener en cuenta tanto las claves que la definen como el resto de las entradas ya resueltas, y en el que hay palabras más centrales y otras más periféricas. No se desarrollarán aquí estas ideas. Aparecen a lo largo de la obra, de manera más o menos explícita, actuando como el motto que nos permite reconocer la sinfonía. Para un conocimiento más profundo de las posiciones epistemológicas de Haack, pueden consultarse su libro Evidencia e Investigación. Hacia la reconstrucción en epistemología, Madrid, Tecnos, 1997, y mis dos comentarios: "Evidencia e investigación. La Epistemología filosófica reivindicada", Revista de Filosofía, 38 época, vol. IX (1996), n.º 15, pp. 209-17, y "En defensa de la epistemología filosófica", Teorema, vol. XVI/3, 1997, pp. 103-14. Hay, sin embargo, en la obra que comentamos algunos argumentos menos conocidos que son igualmente iluminadores. Veamos un par de ejemplos.

Haack aísla, en los argumentos del pragmatismo contemporáneo de Rorty y de algunos sociólogos de la ciencia, una falacia ubicua, a la que ella bautiza como "la Falacia del Pasar Por". Consiste, como toda falacia, en deducir una falsedad con piel de verdad, a partir de premisas auténticamente verdaderas. Las premisas son del tipo de las siguientes: "lo que ha pasado a veces por ser verdadero, ha resultado luego ser falso", "lo que ha pasado a veces por ser evidencia concluyente, ha mostrado posteriormente su debilidad", "lo que ha pasado a veces por ser la realidad última, se ha destapado al fin como mera apariencia", "lo que ha pasado a veces por ser pura objetividad, ha mostrado luego su carga subjetiva". Todo esto es cierto. La conclusión falsa consiste en rechazar, a partir de ellas, la solidez de las nociones de verdad, evidencia, realidad, objetividad y otras de este estilo. Esta falacia aparece tanto en las versiones radicales del historicismo en Filosofía de la Ciencia, cultivadas por los hijos menos cualificados de Feyerabend, como en las discusiones pragmatistas de los sedicentes herederos de William James y en el feminismo mal enfocado, el peor enemigo de la causa de las mujeres. Señalarla y darle nombre es el mejor remedio para protegerse de ella.

Otra atractiva discusión que aparece en Manifesto es la que analiza el papel de las metáforas en epistemología, tanto de las metáforas particulares en teorías particulares, como de las metáforas de mayor alcance cuyo objetivo es representar la estructura del conocimiento en su conjunto. En el análisis semántico de las metáforas, Haack se declara seguidora de una tradición arraigada, que cuenta entre sus ilustres miembros a Aristóteles, a Cicerón y a Quintiliano, y que puede resumirse en la idea de que una metáfora es un símil elíptico. Sin más especificación, esta idea es fácilmente atacable. Haack considera, sin embargo, que puede precisarse y desarrollarse de manera que dé lugar a una teoría apropiada, inmune a las habituales críticas contra la identificación de las metáforas con símiles. Entre los autores que han tomado este camino, Haack cita a Fogelin, en cuyas ideas se apoya. Hay una crítica a dos teorías de la metáfora contemporáneas, la de Searle y la de Davidson, por conceder demasiada importancia a algún aspecto particular de la relación comunicativa, descuidando otros. Contra Searle, por sostener que la metáfora tiene que ver con el significado del hablante exclusivamente, y contra Davidson, por centrarse demasiado en los efectos de las preferencias metafóricas en la audiencia. En un punto medio se coloca Fogelin, quien sostiene que las metáforas son fenómenos interactivos que exigen el concurso de hablante y oyentes. Haack reconoce que las metáforas desempeñan un importante papel en las teorías científicas y filosóficas particulares, pero nos recuerda que las metáforas no pueden tener la última palabra en la investigación. La metáforas, dependiendo de su valor heurístico, pueden ser un prometedor punto de partida, pero no pueden reemplazar al trabajo detallado de desarrollo de una teoría. Por decirlo con sus propias palabras: "metaphors can be the training wheels of inquiry" [p. 87].

Concluiré volviendo a una idea que ya ha aparecido al comienzo de este comentario y que es también una constante en el pensamiento de Haack: el trasfondo ético de la investigación genuina. Contra los Nuevos Cínicos, contra los sociólogos poco consistentes, contra el feminismo de salón, contra la discriminación profesional, a favor del desarrollo de la ciencia y del avance del conocimiento, Haack tiene una única receta: la búsqueda apasionadamente desinteresada de la verdad. Por eso nos pone en guardia contra la investigación que usa argumentos aparentemente sólidos con el fin de apuntalar nuestras convicciones previas. Siguiendo a Peirce, denomina a este tipo de argumentación "razonamiento fraudulento" (sham reasoning). Y también nos previene contra el tipo de pseudoinvestigación que busca el impacto, el éxito, sin considerar la solidez de los hallazgos. A este tipo de actividad, que está en parte provocada por la presión por publicar a la que nos somete la academia, la denomina, en el espíritu de Peirce, "razonamiento frívolo" (fake reasoning). La investigación genuina en ciencia y en filosofía persigue la verdad, aunque ésta a veces no tenga nada de espectacular y aunque pueda obligarnos a deshacernos de creencias largamente abrigadas. La verdad tiene su precio pero es la única vía de progreso.

Haack se ha enorgullecido siempre de ser una digna heredera de la filosofía pragmatista de Peirce, no en vano ella denomina a su posición el "Sentido Común Critico". Pues bien, Manifesto of a Passionate Moderate es un buen ejemplo de esta etiqueta. Destila sentido común de la mejor especie. El libro está muy bien escrito y es muy ameno y, no obstante, contiene aquí y allá argumentos e intuiciones de innegable valor filosófico. Es una agradable manera de entrar en el universo de la Haack más humana.

María José Frápolli
Universidad de Granada
Originalmente publicado na revista Teorema.
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